viernes, febrero 29, 2008

Otro poema.

LES COMPARTO ESTE POEMA Y ESTA HISTORIA TAN ESPECIALES:
 
Yo no soy yo,
soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y a veces olvido.
 
el que calla sereno, cuando, hablo
el que perdona dulce, cuando, odio
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.
 
                    Juan Ramón Jimenez,
                    ETERNIDADES.



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domingo, febrero 24, 2008

Daniel-Rops L'Eglise de la Renaissance et de la Réforme , Fayard 1955 p. 312

Un jóven religioso muy brillante.

Se llamaba Martin Luther. En aquel entonces era delgado, huesudo, de manos fuertes, móviles, sin parar de estar en acción para enfrentar al adversario o presentar algún argumento. Todo en él indicaba la pasión, la voluntad inquieta, la violencia lista a romperlo todo. En la cara ruda, de pómulos voladizos, de barbilla cuadrada, de mejillas hundidas, de ojos brillando de cólera a veces y de inteligencia que dejaban ver también una angustia incoercible.

Es difícil de escapar a la fascinación que aquel monje, tan sencillo en su hábito de ermitaño agustino, ejercía sobre cualquiera en su presencia. Tenía entonces treinta y cuatro años.

¿Que había sido su vida hasta entonces? ¿Que acontecimientos, que razonamientos lo habían llevado a romper con el conformismo oficial y a hacer aquel gesto que lo puso en plena luz sobre el escenario del mundo e iba a erigirlo en signo viviente de contradicción? El "Rückblick", la mirada retroprospectica que echó sobre su juventud, rápida y superficial, un año antes de morir, en 1545, no permite de contestar a aquella pregunta: es frecuente que el anciano, evocando sus recuerdos, corrija la realidad y la falsifique.

De la narración tradicional, todavía regada, parece que hay que guardar solamente el esqueleto de los hechos, no la sustancia. No es en la juventud pretendida horrorosa de Martín Lutero, no es, como lo quieren los sicoanalistas, en las crisis de monje presa de las tentaciones carnales, y no es tampoco en la indignación escandalizada que había supuestamente sentido en Roma, durante un breve viaje, que hay que entender la explicación de su actitud. Pero en un combate interior, parecido a los que persiguieron a San Pablo, San Agustín, Pascal, un debate que había vivido, temblando y en angustia, la más trágica, y de la cual salió, lastimosamente por un camino que ya no era la que enseñaba la "Ecclesia Mater" (la Iglesia Madre).

Nacido el 10 de noviembre de 1483, en Eisleben, en Sajonia, segundo de ocho hijos, Martín había sido educado en Mansfelt dónde, seis meses después de su nacimiento, su padre Hans se fijó. Su infancia no fue ni más ni menos feliz que la de muchos muchachos del pueblo, en cual medio la vida difícil endurece los caracteres, y en una familia numerosa dónde no hay tiempo de ser refinados con los sentimientos. Su padre Hans era un hombre piadoso, severo, de costumbres irreprochables, pero pronto a la cólera: encarnizado a pasar del rango de minero al de contramaestre, enseguida de pequeño contratista en fundición, exigía que todo caminara rectamente en su hogar.

Su esposa, la laboriosa Margarita, nacida Ziegler, sólida franconiana, compartía facilmente su manera de ver y hacía caminar su pequeño mundo de una mano firme, que los niños encontraban a veces pesada en exceso.
En la escuela de Mansfeld, dónde sus padres lo pusieron a la edad de seis años, Martín recibió la educación acostumbrada en aquel tiempo, la del antiguo "trivium", y la del catecismo, según los métodos pedagogicos en uso, dónde el látigo se usaba.

Su inteligencia se reveló viva. Su Padre decidió de hacerle seguir sus estudios en derecho. A Magdeburgo, en la escuela catedralicia dónde enseñaban los excelentes hermanos de la Vida Común. Su experiencia de una espiritualidad auténtica fue bien corta. Era allí, sin duda, que había tenido su primer contacto con la Biblia.

A Eisenach, enseguida, dónde la presencia de su tio abuelo, el sacristán de San Nicolas lo había llevado, desarrolló sus dones innatos por la música. Finalmente, a los dieciocho años, llegó a la Universidad de Erfurt,
( su padre, ya más acomodado, podía entonces pagarle sus libros) dónde de manera brillante sacó la maestría en artes y había hecho grandes progresos en el arte de escribir y filosofar; sus maestros, los Padres Usingen y Palz, lo formaron a sus métodos de la escolástica ockamiana; sus compañeros lo tenían por un muchacho honrado, piadoso y alegre. En todo aquello, no había nada que de muy normal, cuando, al momento de principiar sus estudios de derecho, un acontecimiento inesperado cambió de golpe su destino.

El 2 de julio de 1505, como volvía sólo de Manfeld a Erfurt, fue sorprendido por una tempestad de una violencia inacostumbrada. El rayo cayó tan cerca que creyó estar muerto. En éste peligro, invocó a Santa Ana, según la costumbre, y murmuró: "Si me ayudas, me haré monje."


Voto irreflexivo, tal vez, pero sin duda no espontáneo. Otros incidentes habían precedido aquel movimiento del alma, incidentes que se conocen mal en el detalle, tanto que la leyenda haya bordado sobre ellos; pero su sentido no es dudoso: una grave enfermedad durante su adolescencia, la muerte súbita de un amigo, una herida que se había hecho con su espada de estudiante y que había sangrado mucho tiempo: todo aquello lo había confrontado a la gran evidencia que la juventud ignora, la de la muerte. A aquella revelación, el episodio de la tempestad había puesto su sello.
La naturaleza impresionable de Martín, su sensibilidad naturalmente viva habían reaccionado a aquel miedo de entrañas que el rayo había provocado en él.

Se había recordado de los buenos Hermanos de la Vida Común, de éste Principe de Anhalt que conoció en Magdeburgo con el hábito franciscano, de aquellos Cartujos que veía en Erfurt, tan renunciados a si mismos, a todos aquellos que le parecían haber encontrado en el porte del hábito la paz del corazón, la respuesta a la pregunta espantosa. Arrebatado por el terror, aquel voto? Si, pero no solamente por el motivo que ocasionó la tempestad. Nadie, ni familia, ni amigos pudieron retenerlo de ser fiel a su promesa. Quince días después del incidente del camino, fue a tocar a la puerta del convento de los Ermitaños de San Agustin.

En 1517, era monje, hasta considerable en su Orden, cuando puso sus tesis en la puerta de la Schlosskirche de Wittenberg , monje que no soñaba en absoluto en renegar de sus votos.

"Durante veinte años he sido un monje piadoso; he celebrado la misa cada día; me he agotado en ayunos y en oraciones." Definitivamente un monje, un buen monje. " No ciertamente sin pecado, pero sin grave reproche." Así se describió a si mismo; así lo dijeron testigos. Sacerdote en 1507, subió al altar por primera vez con un fervor mezclado de temor como conviene a quien va a tener en sus manos al Dios vivo. La teología lo apasionó más y más; Dun Scott, santo Thomas, Pedro de Ailly y Gerson, Guillermo de Ockham principalmente y los de su escuela como un Gabriel Biel entre otros; los leyó con voracidad, con la Biblia, San Agustín, los místicos de San Bernardo al Maestro Eckhart.

En 1508, bajo orden del sabio Staupitz, Vicario general para Alemania, a quién aquel brillante jóven interesaba, fue transferido a Wittenberg para enseñar la filosofía y obtener el título de bachiller en artes: en su orden, goza de un gran crédito.


Durante el invierno de 1510-1511, fue designado para ir a Roma, para someter a los superiores el debate que había entre los Agustinos de estricta y amplia observancia. La leyenda quiere que el espectáculo de la Ciudad Eterna haya provocado en la conciencia del jóven monje un escándalo tal que regresó decidido a emprender la Reforma. Aquella tésis es cómoda, pero todos los testimonios la infirman. En Roma, durante cuatro cortas semanas, Lutero se había comportado en peregrino piadoso, muy deseoso de ver la mayoría posible de iglesias, de ganar las indulgencias vinculadas con aquellas visitas, de subir de rodillas la "Scala Santa". "En buen hombre de santo loco" como decía. De la corte pontifical, había visto de sus ojos solamente lo que podía percibir un oscuro pequeño Frailuco alemán de paso. Había oído más de un chisme, sin que le haga al momento mucho efecto.Es solamente después, cuando fue condenado por la Iglesia Católica, que, regresando a sus recuerdos romanos, tenía que encontrar en ellos justificaciones a su actitud: en la capital de la cristiandad, no había podido descubrir a un confesor, por ser tan grande la ignorancia: había visto en San Sebastián a siete sacerdotes chapucear la misa en una hora en el

mismo altar.

Había sido testigo de los modales desvergonzados de mujeres en la iglesia. Tal vez; pero aquel juicio severo, lo iba a llevar veinticinco años más tarde, mucho después.

De regreso a Alemania, fue afectado al convento de Wittenberg y el año siguiente, promovido doctor en teología, se vió confiar la cátedra de Escritura Santa en la Universidad. Sus cursos habían conocido un gran éxito: sobre los Salmos, sobre las epistolas de San Pablo; predicador también, se hizo querer de sus auditorios. Su superior lo tenía en muy alta estima; lo nombró "vicario de distrito" o sea provincial, teniendo jurisdicción sobre once casas de la orden; llegó hasta decirle: "Es Cristo quién habla por su boca." La importancia de Lutero y su prestigio hacían más grave todavía el gesto que acababa de cumplir el día de Todos los Santos 1517, elevandose en contra de los predicadores de indulgencias. ¿ Pero porque lo hizó?


El drama de una alma.


Para entender, hay que tratar de penetrar en aquella alma, de alcanzar aquellas zonas oscuras, llenas de amenazas dónde cada ser humano digno de ese nombre, en la contradicción y el sufrimiento, busca dar un sentido a su propio destino. Por ser muy posterior el testimonio que daba él mismo sobre el drama de su juventud, algunos lo trataron de fábula: Lutero, envejecido, para vincular su rebelión a origenes profundamente nobles y místicos, hubiera inventado el escenario de un debate digno de Pascal. Pero bastaba leer honestamente los textos de los años decisivos, su comentario, por ejemplo, de la epístola a los Romanos, para concluir que algunas posiciones han sido tomadas por el autor en conclusión de un esfuerzo dolorosoy secreto para contestar a los más graves problemas.

Es traicionar la verdad histórica y sicológica que de no admitir que Lutero fue, profundamente, uno de aquellos hombres para quienes vivir y creer son cosas serias, un combatante de las grandes luchas espirituales. En lo más íntimo de si mismo, el monje agustino que parecía hacer tan brillante carrera, estaba torturado por aquella preocupación religiosa que es menos difícil de sentir que de definir.

Lutero quemando el edicto de su condena.


En el convento dónde entró esperando tener la seguridad, no la había encontrado. Era hijo de su tiempo, de su tierra, de aquella Alemania dónde la lucha del hombre contra los poderes nocturnos se traduce en leyendas infernales o sublimes, de aquel cristianismo en crisis dónde los sermones y las danzas macabres imponían a la conciencia la obsesión de los fines últimos.

No le bastó tomar el hábito de los ermitaños para liberarse de aquellos fantasmas. " Conozco a un hombre, decía en 1518, que asegura haber pasado por transes tan intensos que ningún lenguaje podría describirlos: aquel que no hizo esa experiencia no los podría comprender. Es a tal punto que si se tuviera que soportarlos hasta el fin, que sea la decima parte de una hora, sería de perecer completamente, hasta con los huesos reducidos a cenizas."

Una angustia terrible, tal fue su lote, y su amigo Melanchton dice que durante toda su vida monástica, no se pudo liberar de ella. "Mi corazón sangraba, diciendo el Canon de la misa" reconoce Lutero, hablando de sus años de jóven sacerdote. Son palabras que no se pueden oír sin emoción.

¿De dónde le sucedía aquella angustia? Algunos le han atribuido como causa la neurosis, una heredad pesada, sobre la cual faltan los documentos, de todo modo. Pero lo que aparece en plena evidencia a quien lee sus propias confesiones, es que Lutero, mucho más que un enfermo, era un ser a quien se imponía, en toda su intensidad, el sentimiento trágico del pecado. ¿Cual pecado? Es miserable reducirlo al de la carne. Lutero, monje presa de secretas lujurias, familiar de la "delectatio morosa", incapaz de vencer en si mismo la bestia, rebelándose en contra de las disciplinas eclesiáticas para, al fin, ceder a su inclinación: si aquella imagen fuera cierta, su acción fundada sobre motivos tan lastimosos, ¿hubiera sido tan grande y la Iglesia hubiera sufrido tanto por él? De todo modo, él mismo ha afirmado muchas veces, en términos categoricos, que las peores tentaciones son otras que carnales: "los pensamientos horrorosos, el odio de Dios, la blasfemia, la desesperación, esas son las grandes tentaciones."

La concupicencia que tenía que vencer no era, de primeras, la que tira el macho hacia la hembra, pero aquella apetencia irresistible que, por el espíritu como por la carne, empuja al hombre hacía todo lo que es terrestre, evidente, humano, para decirlo todo, y lo desvía de lo invisible y de lo divino.

En el convento, había esperado liberarse de sus monstruos. Alma mística,soñaba de una presencia cálida y consoladora, que lo protegería de lo malo y de si mismo. No descubrió en aquellas prácticas a las cuáles se había obligado, nada que le diera aquella confortación.

¿Porque? ¿era carencia de humildad verdadera? ¿Insuficiencia del espíritu de oración? Sólo Dios podría decirlo, habiendo juzgado aquella alma. En todo caso, un obstáculo estaba presente que le impedía de correr, como el hijo pródigo, echarse en los brazos del Padre. Cada vez que el menor pensamiento de impureza, de violencia, de duda lo atravesaban, se creía condenado. Ninguna oración, ninguna ascesis, ni la confesión cotidiana lograban a arrancarlo de aquella obsesión del infierno, siempre presente, siempre amenazando de cacharlo. "Hacía penitencia, decía, pero la desesperación no me dejaba."

El obstáculo que le atrancaba el camino de la paz y del amor era el concepto que se hacía de Dios, la imagen, que ,aseguraba, le habían mostrado, en los conventos. " Nos paledecíamos al oír el nombre de Jesús, por habernoslo representado siempre como un juez severo, irritado en contra nuestra."


¿Era por miedo de aquel maestro armado de un palo, de aquel verdugo, que había que extenuarse en ayunos, mortificaciones, en oraciones? ¿Y porque? ¿por no haber tenido la seguridad de ablandar su cólera? "Cuando harás suficientemente para obtener que Dios sea clemente? " se preguntaba con angustia. En aquel siglo de miserias, el mensaje de amor del Hijo del hombre parecía estéril: quedaba sólo una doctrina atroz, la del castigo ineluctable infligido por un justiciero inflexible.

Ha sido fácil para los críticos católicos de mostrar que aquella doctrina nunca fue la de la Iglesia.

El Padre Denifle, en un volúmen de 378 página, ha perentoriamente probado que la "justicia de Dios", que Lutero había encontrado como la realidad espiritual suprema, en un pasaje célebre de la epístola a los Romanos (1, 17) nunca significó la sóla "justicia puniens" la cólera divina castigando


Murillo: el hijo pródigo.

las culpas del hombre, pero mucho más la gracia justificante, la misericordia todopoderosa que Dios prodiga a los que creen en El y se someten a sus mandamientos.

Hasta pudieron mostrar asombro frente a la incompresión que tal interpretación revela del pensamiento verdadero de autores que Lutero había leído bien, San Agustín por ejemplo o San Bernardo. Pero, para explicar el drama del alma de un jóven monje agustino, basta admitir que aquella doctrina, erronea, la tenía valable como la que sus maestros le habían enseñado.

Tal podía ser el resultado de una formation teológica mediocre, hecha en la escuela de aquellos escolásticos mediocres que ocupaban las cátedras de universidad. Además, había en la enseñanza en curso, de que empujar a una alma inquieta sobre su declive. A Lutero, obsesionado por el deseo de aplacar al Dios terrible y que no sentía el menor alivio por el hecho de sus oraciones y mortificaciones, una doctrina suministraba una clase de respuesta: el nominalismo de Ockham, en el cual había sido formado como ya lo vimos.

En los libros de ésta tendencia, había leído que, por la voluntad sóla, el hombre puede superar el pecado, pero igual como todo acto humano, llega a ser meritorio que si Dios lo acepta y lo quiere así. ¿Pero si la voluntad del hombre falla? Entonces no hay nada para ayudarlo a levantarse, porque la razón es ineficaz y la gracia no está concebida como un principio sobrenatural elevando las fuerzas espirituales del hombre hasta el plan de la justicia divina. Queda entonces un Dios caprichudo, dando o negando su gracia y su perdón por motivos que escapan a toda lógica, y frente a El un hombre desarmado, inerte y pasivo en la obra de salvación.

El destino aparece como regido por la mecánica helada de un despota a los ojos de quién nada tiene mérito. Aquellas tesis de las cuales Lutero se encarnizaba a encontrar la confirmación en algunos pasajes de san Pablo y de san Agustín, correspondían demasiado a lo más profundo de su conciencia que experimentaba tan fuertemente la vanidad de todos los méritos. Sobre varios puntos, debía permanecer toda su vida ockhamista, a pesar de negar el voluntarismo que enseñaba la escuela, rechazando la libertad humana, dándole una resonancia de predestinación que no tenía en el pensamiento del maestro. En todo eso, nada le podía devolver la paz del corazón.

Unas influencias más apaciguadoras se ejercieron sobre él. Había leído místicos, especialmente los alemanes del fin de la Edad Media, principalmente Tauler. Les encontró también elementos que tendían en negar la importancia de las obras exteriores, a apartar el libre albedrío del hombre, y otras que exaltaban el papel de la fe en Cristo Redentor.

Que el hombre deba abrirse a la acción de Dios, sufrirla y no hacer nada para resistirla, era una de las ideas claves de la "Theologia Germanica". Por otra parte, Staupitz, que quería sanar aquella alma devastada, había ido en el mismo sentido revelandole la dulzura del amor de Dios, el soberano abandono a la Providencia.

La vida divina a la cual aspiraba, no serían ni las sutilidades de la escuela, ni las practicas rituales las que se la darían, pero sólo el impulso del alma creyente, la piedad que brota de lo más secreto del corazón. "El verdadero arrepentimiento empieza por el amor de la justicia y de Dios"; cuando penetró aquella fórmula de su Vicario general, el jóven monje se sintió como liberado de una parte de su carga, en camino hacia una luz nueva.

Había aparecido que de todos lados, ideas, argumentos, referencias bíblicas habían acudido para confirmar aquella doctrina y "bailar una ronda a su alrededor".









Entonces se produjo lo que él llamó "el descubrimiento de la misericordia", acontecimiento del todo interior al cual sus discipulos tenían que hacer remontar el origen de la Reforma. la fecha y el lugar siguen discutidos. Hubo una primera percepción en Roma, mientras el piadoso peregrino subía de rodillas la "Scala Santa"?

Habrá que situar el hecho en 1518 o bien 1519, en aquel caso del asunto de las indulgencias dónde hubiera habido ya como un presentimiento de su doctrina? Ya en los cursos de 1514 a 1517, los lineamientos aparecen. La verdad la más probable es que el "descubrimiento" se hizo paulatinamente, antes de imponerse con fuerza tal que anuló todos los razonamientos, todos los acercamientos en la fulgurante claridad de lo que le apareció como evidencia.



En el prefacio en la edición de sus obras, en 1545, Lutero ha expuesto en que consistió la "repentina iluminación del Espíritu Santo". Una vez más escudriñaba el sentido del terrible versículo 1,17 de la "Epístola a los Romanos" que lo había llenado tan a menudo de angustia, cuando su verdadero sentido -- es decir lo que iba a tener por tal -- se le había aparecido. "Mientras que, en mi meditación, día y noche, examinaba el encadenamiento de aquellas palabras:" La justicia de Dios se revela en el Evangelio, como está escrito: el justo vive por la fe", he empezado a comprender que la justicia de Dios significa la que el justo vive por el don de Dios, es decir por la fe.

El sentido de la frase es entonces el siguiente: el Evangelio nos revela la justicia de Dios, pero la justicia pasiva, por la cual, por medio de la fe, nos justifica Dios, lleno de misericordia. ." Descubrimiento prodigioso, a los ojos del jóven monje torturado por el temor y la angustia. El Dios verdugo, armado de un palo, retrocedía, dejando el lugar a Aquel hacía quién el alma podía recurrir, confiada. De golpe, como pasa para las grandes inteligencias, ésta única idea, toda simple en aparencia, había cristalizado a su alrededor todas clases de reflexiones y de argumentos. Llegaba a ser la base de un sistema.¿ De un sistema? LA palabra es impropia, porque no se trataba para Lutero de una doctrina seca, de una tésis, pero de una experiencia de vida, de la respuesta a sus atroces problemas.

Aquella respuesta se le presentaba tan claramente que podía formularla en principios imperiosos. El hombre es pecador, incapaz de hacerse justo, condenado a la impotencia, por el enemigo que lleva dentro de sí. Aúnque se conforme exteriormente a la ley, permanece en su pecado. Aúnque trate de portarse bien, que espera adquirir méritos, no lo puede porque a la raíz de todo su ser se encuentra un germen mortal. Se necesita entonces que haya, y en realidad hay,

una justicia exterior al hombre y que lo salva; sólo ella.

Por la gracia de Cristo, todas las manchas del alma son como cubiertas de un manto de luz. El único modo de ser salvado, y la única suerte es de confiar en Cristo, de agarrarse en alguna manera a El. "La fe que justifica, es la que se agarra de Jesucristo." Que importan, a la par de ésta realidad de salvación, los miserables esfuerzos del hombre para hacer penitencia, enmendarse, elevarse? Todo aquello es irrisorio. "El Justo vive por la fe."

Aquella doctrina, de la cual hay que reconocer que estaba que estaba perfectamente hecha para apaciguar una alma angustiada, ¿en que se separaba de la ortodoxia? La Iglesia enseña que Dios es "justo" en el sentido más sencillo de la palabra, es decir que distribuye equitablemente sus gracias a todos, y no en virtud de una clase de capricho incomprensible. Ella enseña que la salvación y la beatitud eterna se merecen en ésta tierra, por esfuerzos y obras. Ella afirma la importancia del pecado, pero no admite que el hombre no pueda hacer nada para combatirlo. Ella proclama que el amor de Dios y la unión con Cristo son bien indispensables, pero que piden que el hombre se eleve a una semejanza sobrenatural. La fe es sólo el principio de la salvación que termina por el recibimiento del sacramento, en el acto de contrición o en el acto de caridad. No basta creer para ser salvado.

Lutero estaba demasiado embriagado por su descubrimiento, demasiado exaltado por la alegria de haber escapado al fin de estar atenazado por la opresión para que una argumentación tomara pie sobre él. "Inmediatamente, decía, me sentí renacer y me parecía haber entrado por las puertas totalmente abiertas al mismo paraíso. ¡Se había liberado! Se sabía pecador, pero Cristo había tomado sobre El todos los pecados del mundo. Estaba disgustado de sentir tan ineficaces sus ejercicios de piedad, y los razonamientos teológicos a los cuales había recurrido? En la prodigiosa claridad de la Redención, todas aquellas cosas humanas no eran nada más que polvos.











pecado delante de Dios." A su alumno Bernhardi, le había hecho sostener una tésis de doctorado sobre la gracia y el


libre albedrio, totalmente conforme a sus principios. Lo dijo él mismo: se sentía entonces "poseído por Dios."

La dialectica del pecado y de la gracia contenía la respuesta a todos los problemas. Alegre, antes de que su pensamiento haya llegado a su término, antes de haber visto su coronación, que formulará sólo después de 1518, que basta de llevar en sí la seguridad de la salvación por la fe para ser salvado, el profesor de Wittemberg había gritado su descubrimiento a sus auditorios. En la Pascua de 1517, principiando un curso sobre la epístola a los Hebreos, había expuesto su tésis: " El hombre es incapaz de levantarse sólo de cualquier pecado. - Todas las virtudes humanas son pecado delante de Dios." A su alumno Bernhardi, le había hecho sostener una tésis de doctorado sobre la gracia y el libre albedrio, totalmente conforme a sus principios. Lo dijo él mismo: se sentía entonces "poseído por Dios."

¡Que oportunidad admirable le ofrecía la predicación de las Indulgencias para hacer reventar la verdad! Ese cómputo de así dichos méritos para evitar los justos castigos -- tan pobremente adquiridos -- era lo que más le inspiraba horror.

La seguridad, ¡sí!, él la había encontrado en aquella prodigiosa apuesta sobre Cristo que quería en adelante mantener y que no era aquella , tan falsa, tan lastimosa, que aquellas pobres gentes creían adquirir arrodillándose frente a reliquias y tirando alguna moneda en el tronco de algún Tetzel cualquiera. En cuanto a la autoridad del Papa, quien garantizaba el valor de esa práctica, el ockhamista que era él se recordaba de lo que enseñaban sobre el asunto los maestros de la escuela, las reservas que formulaban sobre su infalibilidad, sobre su mismo magisterio. Se recordaba que Gabriel Biel había dicho que para reformar la Iglesia, todo fiel era competente. ¿Se daba cuenta que tomando aquellas posiciones, iba a disparar una crisis tal que nunca el cristianismo había cruzado de tan grave? Ciertamente que no. Era exactamente, según sus términos, " un rocín ciego que camina sin saber a dónde va." Se interesaba unicamente al debate espiritual y era la respuesta del cielo al grito del fondo de su abismo que quería hacer oír al mundo. A ese grito " la voz de una Alemania inquieta, sordamente estremecida de pasiones mal contenidas" iba a contestar. Aquel drama de un alma iba a disparar una revolución.

--Fin.--


































http://www.apologetica.org/lutero-jedin.htm

miércoles, septiembre 19, 2007

Marcelle Auclair.

BONJOUR!!!!!!!!!!!!!!!! JE ME PRESENTE : MARTINE , JE SUIS FRANCAISE JE VIENS DE VOIR VOTRE QUESTION SUR MARCELLE AUCLAIR JE SUIS DESOLEE MAIS ELLE NOUS A QUITTES EN 1983 J'AI UN DOSSIER SUR ELLE ET AI CONTACTE PLUSIEURS PERSONNES L'AYANT COTOYEE AINSI QUE SES DESCENDANTS SI CELA VOUS INTERESSAIT , JE POURRAIS REPONDRE A VOS QUESTIONS ET VOUS ENVOYER DES DOCUMENTS JE N'AI PAS ENCORE EU LE TEMPS DE METTRE TOUT SUR WIKI POUR L'INSTANT JE VOUS DONNE LE LIEN POUR VOIR UNE INTERVIEW PAR BERNARD PIVOT DANS "APOSTROPHE" http://www.ina.fr/archivespourtous/index.php?vue=notice&from=fulltext&mc=Auclair,%20Marcelle&num_notice=1&total_notices=1 J'AIMERAIS CONNAITRE D'AUTRES "FANS" POUR DISCUTER ET COMPLETER MA LISTE DE RENSEIGNEMENTS JE SUIS TRES HEUREUSE DE RENCONTRER QUELQU'UN QUI S'INTERESSE A ELLE, CAR "NUL N'EST PROPHETE EN SON PAYS " ET ELLE EST BIEN OUBLIEE EN FRANCE. JE JOINS · UNE PHOTO D'ELLE · SON PORTRAIT PAR MARIE LAURENCIN · UNE CARTE POSTALE ANCIENNE DE LA RUE QU'ELLE HABITAIT DANS LA VILLE( PRES DE PARIS )OU ELLE EST ENTERREE. A BIENTOT J"ESPERE CORDIALEMENT MARTINE
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Chère Martine, Vous me voyez très touché par votre e-mail. C'est par le biais de son livre sur Thèrèse d'Avila que j'ai approché cette très intéressante personne qu'est Marcelle Auclair. Le livre a été lu et relu, et fait lire. Autant j'admire Thérèse, autant Marcelle. Elle pénètre Thérèse avec beaucoup de sensibilité. Bien documentée, prenant au sérieux sa tâche d'écrivain, allant vivre dans le milieu du Carmel. On vibre avec Thérèse et on palpe la richesse intérieure de Marcelle. C'est cette intuition de l'écrivain le merveilleux. Ainsi j'ai deux amies en plus et je crois que je trouverai en vous une autre encore. C'est merveilleux pouvoir partager l'intériorité des personnes, découvrant une source de beauté et une capacité d'amour. Il reste à transmettre à beaucoup d'autres ces découvertes car le partage du beau est une missión et fait découvrir à d'autres la vie et des personnes extraordinaires. Ma foi me fait croire dans une communion actuelle et future avec Thérèse et Marcelle. Merci pour votre information et j'espère pouvoir suivre vos apports dans wikipedia. Un cordial bonjour. Georges

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viernes, junio 08, 2007

Biografía de Adela ZamudioIlustre mujer, cochabambina, nacida en La Paz en 1854. Escritora, pensadora, pintora, Directora y profesora de la primera escuela laica en Bolivia. Poetisa coronada en 1928 por el Gobierno de la Nación. Vivió para Las letras y la enseñanza. Fundó en 1911 la primera escuela de pintura para señoritas y otra igual para niños del suburbio. Muy joven se inició en la poesía bajo el seudónimo de SOLEDAD y llegó a ser la figura literaria sobresaliente entre todos Los escritores del periodo romántico. Manejó con acierto todos los géneros y formas retóricas. Su versificaciones fluida y correcta. Sus temas son la vida, la Naturaleza, Los sentimientos y la preocupación filosófica. Penetrante observadora del alma humana, sus cuentos reflejan el ambiente de su época y denuncian la injusticia social y económica con sutileza, medida e ironía. El desconsuelo que se encierra en muchas de Las composiciones de Zamudio, nace mas de la angustia filosófica, de la lucha con un medio chato y clerical que del prurito lacrimoso y sentimental que aquejaba a los escritores del siglo pasado. Combatió gallardamente par la emancipación social e intelectual de la mujer, sin que esta actitud menoscabara su femineidad. Su rebeldía estaba unida a un alto sentido cristiano; sin embargo fue combatida parlas autoridades eclesiásticas hasta suscitar una célebre polémica nacional en la que se solidarizaron con la Maestra y Poetisa la casi totalidad de los escritores bolivianos importantes. Autora de piezas de teatro y lecciones líricas para niños. Su labor didáctica aparte del magisterio, cuenta con estudios y conferencias orientadoras. Obras: "Ensayos políticos, Buenos Aires 1887; "Intimas", "Peregrinando","Ráfagas", París 1914; "Cuentos breves". Ilustres críticos bolivianos se han ocupado de la obra de esta Poetisa, Maestra y Precursora. Augusto Guzmán ha realizado el estudio mas completo y documentado en "Biografía de una mujer ilustre". Fallece en 1928Vea : Poesías y su Biografía

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ADELA ZAMUDIO

En la árida playa del próximo río tan sólo hay enjutas y ardientes arenas; vapores que se alzan de un fétido estanque, brillando a lo lejos titilan y tiemblan. *** En todo el espacio que abarca la vista ni un alma se mueve, ni un eco resuena. Que paz y que tedio! solemne el paisaje de un gran cementerio la calma remeda. *** De pronto en la línea del ancho horizonte blanquísima nube surgiendo ligera se agranda, se extiende, y en pocos instantes entolda la esfera. *** La atmósfera ardiente palpita de gozo y el leve murmullo de brisa indiscreta en prados y bosques esparce el anuncio de próxima fiesta. *** La anuncian distantes Los ecos confusos del viento que vuela; sutil, diligente, retoza en el prado, se lanza a la aldea, *** Recorre Las calles, tropieza en Los muros, sacude Las puertas, y en calles y prados exclama triunfante: Ya vienen ! Ya llegan! *** Y plantas y flores sacuden el polvo y al goce se aprestan, y en tanto, en la nube que entolda el espacio retumba la orquesta. *** Turbión de agua y viento que anubla el paisaje con loco algazara chillando se acerca y al soplo pujante se agita confusa la vasta pradera. *** Turbión de agua y viento que arrastra en sus giros ramajes y flores, guijarros y arenas, y en pocos instantes, sembrando el desorden, transforma la escena. *** Flexible y gozosa se entrega a su impulso la inquieta arboleda, y molles y sauces ensayan la danza tendida a Los aires la gran cabellera. *** Los troncos añosos, el bárbaro empuje resisten apenas con secos gruñidos, de bosques y prados la suerte lamentan: *** Pared piedrecillas de la árida playa, sabeis, revoltosas, a dónde se os lleva? queréis ver mañana cubierta de escombros la hermosa pradera? *** Las flores que al borde del fétido estanque lucieron sencillas su blanca inocencia qué harán si ese fango se agita y rebosa de miasmas malsanos llenando la senda? -*** Al ave que el nido colgó de la rama que suerte le espera? Qué hacéis, insensatos, trastorno y desorden sembrando doquiera? *** Y el viento, aturdido, con risa estridente responde a sus quejas; y en tanto en la nube que entolda el espacio retumba la orquesta. La danza prosigue. Mil gritos de orgía se apagan por grados... La noche comienza... y el campo, cubierto de fango y destrozos, se envuelve en tinieblas. *** Qué fue de las aves, qué fue de las flores, qué fue de la hermosa, fecunda pradera?... Tras noche de horrores se ve como siempre surgir la mañana brillante y serena. *** Vistiendo ropajes de frescos matices las ramas se cubren de brotes y yemas, el campo renace luciendo sus galas, sus galas eternas! **** Tal es oh misterio! la ley de la vida que todo renueva, que el viento y la nube son fuerzas que a un tiempo destruyen y crean. *** Mas ay! que esa aurora transcurre cual otras, la pálida tarde de nuevo se acerca y exhala en el fango confusos gemidos el alma doliente de flores ya muertas. Vosotras que, erguidas, alzáis a los cielos la frente serena sabéis por ventura lo que es la existencia? *** Ah! triste el destino que cupo a las flores Felices las piedras, felices las rocas que ignoran la vida que sienten apenas. *** También cual vosotras ufanas un día pasamos las horas forjando quimeras; mas ahora... que somos? despojos humildes que abonan el surco que el germen sustenta. **** Brotar de la nada, sentirse inmortales, soñar unas horas... volver a la tierra... Oh ley misteriosa! continua mudanza, cuál es tu grandeza? **** Si el íntimo anhelo, perfume del alma que sube a la esfera, no alcanza otra vida; si sólo es engaño, si sólo es quimera, maldita mil veces! oh madre! oh Natura! maldita mil veces tu vana tarea! ADELA ZAMUDIO (1854 - COCHABAMBA -1928)

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miércoles, mayo 16, 2007

A la Vírgen...

Si ociosa no, asistió naturaleza
Incapaz a la tuya, oh gran Señora,
Concepción limpia, donde ciega ignora
Lo que muda admiró de tu pureza.
Díganlo, oh Virgen, la mayor belleza
Del día, cuya luz tu manto dora,
La que calzas nocturna brilladora,
Los que ciñen carbunclos tu cabeza.
Pura la Iglesia ya, pura te llama
La Escuela, y todo pío afecto sabio
Cultas en tu favor da plumas bellas
¿Qué mucho, pues, si aun hoy sellado el labio,
Si la naturaleza aun hoy te aclama
Virgen pura, si el sol, luna y estrellas?
Luis de Góngora y Argote

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lunes, enero 08, 2007

Poésie 45 Sainte Thérèse de Lisieux

Il est des âmes sur la terre Qui cherchent en vain le bonheur Mais pour moi, c'est tout le contraire La joie se trouve dans mon coeur Cette joie n'est pas éphémère Je la possède sans retour Comme une rose printanière Elle me sourit chaque jour. Vraiment je suis par trop heureuse, Je fais toujours ma volonté... Pourrais-je n'être pas joyeuse et ne pas montrer ma gaieté ?... Ma joie, c'est d'aimer la souffrance, Je souris en versant des pleurs J'accepte avec reconnaissance Les épines mêlées aux fleurs. Lorsque le Ciel bleu devient sombre Et qu'il semble me délaisser, Ma joie, c'est de rester dans l'ombre De me cacher, de m'abaisser. Ma joie, c'est la Volonté Sainte De Jésus mon unique amour Ainsi je vis sans nulle crainte J'aime autant la nuit que le jour. Ma joie, c'est de rester petite Aussi quand je tombe en chemin Je puis me relever bien vite Et Jésus me prend par la main Alors le comblant de caresses Je Lui dis qu'Il est tout pour moi Et je redouble de tendresses Lorsqu'Il se dérobe à ma foi. Si parfois je verse des larmes Ma joie, c'est de les bien cacher Oh ! que la souffrance a de charmes Quand de fleurs on sait la voiler ! Je veux bien souffrir sans le dire Pour que Jésus soit consolé Ma joie, c'est de le voir sourire Lorsque mon coeur est exilé... Ma joie, c'est de lutter sans cesse Afin d'enfanter des élus. C'est le coeur brûlant de tendresse De souvent redire à Jésus : "Pour toi, mon Divin petit Frère" Je suis heureuse de souffrir" Ma seule joie sur cette terre" C'est de pouvoir te réjouir." Longtemps encore je veux bien vivre" Seigneur, si c'est là ton désir" Dans le Ciel je voudrais te suivre" Si cela te faisait plaisir." L'amour, ce feu de la Patrie" Ne cesse de me consumer" Que me font la mort ou la vie ?" Jésus, ma joie, c'est de t'aimer !" Poésie 45 Sainte Thérèse de Lisieux

domingo, diciembre 10, 2006

AMOR DESBORDADO

Chiquito, chiquito, prematuro y abierto a la vida pero con las condiciones todas para la muerte. Chiquito el bebé, pequeñito; abierto a la caricia, la ternura… una ternura que nunca llega de esa madre que yace desabitada, desangrada, desangelada…, y que vuelve a la tierra después de haber dado tanta vida a la vida. Sin embargo el milagro se insinúa, se vislumbra, "Allá están las hermanas"; alguien le dice al padre. "Aquí está mi motocicleta", otro alguien le dice al hermano del padre. Y él se pone en camino. Su vida pequeñita – que es una niña - la lleva en los brazos. Y lleva también el corazón roto, desgarrado…, y una luz de urgencia en las pupilas. Los kilómetros se han hecho eternos. En mitad de una sabana silenciosa y casi sin senderos. Pero por fin están ahí, ya han llegado. El dispensario se dibuja, al final de la mañana, con bullicio de enfermos, sollozo de niños, ajetreo de auxiliares, familiares que cocinan, y una baca blanca que pasta allá al fondo, en el patio. Las hermanas llegan, - el padre las mira con cierto alivio - traen las manos llenas de servicio, y los ojos cargados de entrega ( de cansancio también ). "No hay tiempo que perder", se dicen. Y recobran esa vida prematura, amenazada, sin más instrumental que el mucho amor que las desborda. Y sin saber el como, pero si el porqué, el milagro comienza a obrarse. Y esa niña pequeñita, tan amenazada, tan al borde de la muerte, decide quedarse en la vida. Unos meses más tarde ella, la niña, recobra el peso justo; y él, el padre, la recobra con el futuro intacto. Las hermanas sonríen… contentas… Y el bullicio del dispensario las devuelve nuevamente al trabajo. Paco Bautista